Jorge Jordana

Doctor ingeniero agrónomo y economista, director del Máster en Gestión de Empresas Agroalimentarias de la Universidad Antonio de Nebrija.

“Se está imponiendo un nuevo culto a lo local y eso no es bueno para el sector exportador”

 

Jorge Jordana, aragonés, ingeniero agrónomo y licenciado en Económicas y Filosofía, ha dedicado la mayor parte de su amplia trayectoria profesional a la secretaría general de la Federación de Industrias de la Alimentación y Bebidas (FIAB), en cuya representación ha sido también miembro del consejo del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX) y de la Junta Directiva de la patronal CEOE. En la actualidad es director del Master en Gestión e Empresas Agroalimenarias de la Universidad Antonio de Nebrija y miembro del patronato de la Fundación Lafer

¿Cómo está afectando la pandemia del COVID 19 a las exportaciones españolas de alimentación, uno de los sectores emblemáticos de nuestro sector exterior?

Si nos dejamos deslumbrar por la trayectoria que marca la balanza comercial agroalimentaria en los últimos años, pensaríamos que estamos ante una actividad consolidada, acertada en su expansión y, posiblemente, capaz de resistir las consecuencias de esta pandemia. Pero antes de echar las campanas al vuelo hay que analizar algunos datos. Prácticamente son solo cuatro las producciones destacadas: Productos hortofrutícolas, productos cárnicos, aceite de oliva y vinos, y cada una lleva su propia tendencia. La exportación de vinos arrastra una gran atonía, con crecimientos o decrecimientos de suma cero. Comparte con el aceite de oliva unos valores por litro muy alejados de los practicados por otros países competidores. Con un precio por litro que es la quinta parte del italiano o la décima parte del francés, nuestro vino está posicionado como una commodity y el sector se encuentra excesivamente fracturado y atomizado como para poder desarrollar una política de resituación, incorporando nuevo valor a nuestros caldos. Algo similar ocurre con el aceite de oliva español, que se sigue disfrazando de italiano para poder llegar a los mercados de prestigio. Cosechas excedentarias, con bajadas de precios en otros aceites competidores, han debilitado las ventas de nuestra exportación. No obstante, es un aceite con condiciones saludables muy marcadas que es aún poco conocido en algunos países emergentes.

Sin embargo, parece muy consolidado nuestro mercado exterior de frutas y hortalizas.

Los renglones hortofrutícolas son, por el contrario, confiables: calendario, calidad y variedad nos dan una ventaja clara en los mercados europeos, a los que destinamos más del 90 por ciento, algo que podría cambiarse por el Brexit. Salir a mercados terceros es, aun, testimonial. Y la “estrella” invitada es el sector cárnico y, dentro de él, el sector porcino. Un sector con una cadena de suministros realmente paradójica pues importa un porcentaje altísimo de su alimentación (soja y maíz fundamentalmente), para exportar sus producciones, sobre todo, a China. Claro que para poder ser competitivo con otras potencias mundiales como USA o Alemania, ha sabido desarrollar y consolidar una genética animal y un manejo excepcionales. China, cuya proteína fundamental es la porcina, vio devastada su cabaña hace tres años por una epidemia de Peste Porcina Africana, que la ha ido liquidando en sus tres cuartas partes.  La apertura de ese mercado ha significado crecimientos de doble dígitos para nuestros envíos y casi duplicándose el 2019 respecto al 2018, y se está manteniendo también este año, por lo que los datos del primer trimestre siguen confirmando nuestra balanza positiva. Lógicamente China va reponiendo su cabaña y se espera que en 2024 vuelva a estar al 100 por ciento. Nuestra industria cárnica deberá aprovechar estos años para abrir otros mercados asiáticos que están también en clara expansión. Están preparados para hacerlo.

Y en esto llegó el COVID19.

Y muchas cosas están sucediendo a corto plazo, dibujándose escenarios imprecisos para el futuro, pero con perfiles no favorables. Los primeros impactos han sido en algunos casos inesperados, en otros demoledores. Inesperado el súbito crecimiento de las compras en algunos productos (vino, aceite) debido a una acumulación preventiva del producto ante el temor de la rotura de la cadena logística. Demoledor, aunque esperable, la fuerte caída observada en aquellas exportaciones destinadas al canal HORECA, muy afectado en muchos países. Recordemos de que en España las ventas de vino en el trimestre marzo/mayo y en nuestro mercado interior, han caído un 80 por ciento. Y con el desplome de las rentas, este canal tardará en recuperarse, lo que prefigura un descenso perdurable a medio plazo.

Entre el COVID y el Brexit, ¿se puede esperar un aumento del proteccionismo y de vuelta al mercado local en detrimento de la internacionalización?

También resaltar que se está imponiendo un nuevo culto a lo “local”, alentado por un incipiente nacionalismo con el apoyo de los estamentos públicos: solo hay que ver la campaña actual emprendida por nuestro Ministerio de Agricultura alentando la compra de los alimentos de España; fenómeno generalizable a todos los países del mundo. Y eso, perdure lo que perdure, no es bueno para el sector exportador. Tampoco creo muy lesivos a corto plazo los efectos del Brexit, pues espero que sea finalmente negociado. De todas formas, el alejamiento del Reino Unido de nuestro espacio económico, irá provocando que paulatinamente amplíe sus intercambios con los socios de su área geopolítica, USA y Commonwealth, en detrimento de los nuestros.

¿Peligra también el mercado de EE UU por la política de Trump?

Nada es esperable de USA. No olvidemos que antes de empezar su guerra comercial con China, ya había impuesto aranceles a nuestras aceitunas de mesa. Después fue el aceite de oliva español, no al italiano o al griego, lo que ha provocado una disminución del 60 por ciento en nuestros envíos a ese mercado. Realmente no se comprende el maltrato comercial que nos hace ese país presuntamente “amigo”. Como nuestras importaciones de alimentos también caerán por las mismas causas, la fortaleza de la producción hortofrutícola y cárnica puede seguir manteniendo una balanza comercial sectorial positiva, pero con disminuciones relevantes en las cifras totales.

¿Pueden ayudar las nuevas tecnologías?

La aplicación intensiva de las tecnologías digitales en toda la cadena, transportes y ventas on line, el establecimiento de plataformas y consorcios compartidos que permitan alcanzar economías de escala, el incrementar el valor unitario de nuestros productos incorporando innovación, diseño, atención al consumidor, calidades máximas,…y centrarse sobre todo en abrir y consolidar los mercados asiáticos, pueden hacer volver nuestra balanza comercial a la tendencia actual, una vez superado el bache de la pandemia. Todo es esperable en un sector que ha sido capaz de mantener, sin romper, la cadena de suministros de alimentos a una sociedad fuertemente golpeada y en un entorno muy estresado.

Diálogos de Internacionalización.

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